Lo primero que quiero hacer es dar las gracias a este trío de personajes por aceptarme en este grupo cerrado de mentes geniales.
Y después del lametón de culo os quiero hablar de algo que recordé hace unos días sobre mi infancia y creí que tenía que compartir, para ver si soy el único al que le pasaba, o era algo común: los calcetines rebeldes.
Todo empezó el otro día cuando fui a ponerme unos calcetines, y estaban tan arrugados, que no distinguía en qué parte estaba el talón (tranquilos, ya me he comprado calcetines nuevos). Así que me los puse de cualquier manera. Y descubrí un nuevo método de tortura. Fue eso lo que me llevó a recordar esa época de mi infacia en la que los calcetines parecían cobrar vida. Recuerdo que tras andar o correr durante un tiempo, en ocasiones mis calcetines se escurrían hacia abajo, hacia mis dedos. Recuerdo esa sensación de frío que empezaba a notar en mi tobillo, seguía por el talón, hasta que el calcetín quedaba arremolinado en la punta de mi pie. La verdad es que lo pienso con frialdad y es digno de vagabundo xD, pero creo que ya se cuándo y por qué sucedía. No era ni por que me olían mal los pies ni por que tuviera las uñas tan largas que fueran recogiendo el calcetín, no.
¿Recordáis las botas de goma? Esas botas que nos ponían nuestras madres cuando llovía, que ya te podías meter en un charco de 10 cm de profundidad que no te mojabas. Esas botas que llevan los que recolectan almejas, y no me refiero a Chus :P. Que esa es otra. En la cena de nochebuena me lo planteé. Qué muerto de hambre tenía que estar el primero que se comió una ostra, porque precisamente buena pinta no tienen. Poco después mi hermano me dio una posible solucción. El primero que probó una ostra, probablemente estaba recogiendo perlas, y al recoger una con la boca, le pegó un tarisco a la carne y dijo: "¡coño! -de ahí el posterior sobrenombre a la sonrisa vertical femenina, tantas veces referenciada como almeja-, si sabe bien".
Después de semejante derrape mental y 2 minutos con mirada en trance retomo el tema principal. Pues eran esas malditas botas las que con el roce y el movimiento me quitaban los calcetines, y por otro lado, me dejaban los talones en carne viva. A parte supongo que a mayor desgaste y ampliación del calcetín, mayor era la facilidad de descenso del mismo. Menos mal que gracias a la pijería y la edad del pavo correspondientes a nuestra adolescencia, rechacé rotundamente volver a ponerme esas botas, y asi salvar mis doloridos pies. Ahora sobrevivo con un par de zapatillas que yo llamo "raices". Es pisar un suelo mojado y sentir subir el agua por mis pies.
Y sin más referencias a mis "bries", os dejo con un clásico de los videos. Sí Jon, yo también voy a recurrir a Youtube :P.
Y después del lametón de culo os quiero hablar de algo que recordé hace unos días sobre mi infancia y creí que tenía que compartir, para ver si soy el único al que le pasaba, o era algo común: los calcetines rebeldes.
Todo empezó el otro día cuando fui a ponerme unos calcetines, y estaban tan arrugados, que no distinguía en qué parte estaba el talón (tranquilos, ya me he comprado calcetines nuevos). Así que me los puse de cualquier manera. Y descubrí un nuevo método de tortura. Fue eso lo que me llevó a recordar esa época de mi infacia en la que los calcetines parecían cobrar vida. Recuerdo que tras andar o correr durante un tiempo, en ocasiones mis calcetines se escurrían hacia abajo, hacia mis dedos. Recuerdo esa sensación de frío que empezaba a notar en mi tobillo, seguía por el talón, hasta que el calcetín quedaba arremolinado en la punta de mi pie. La verdad es que lo pienso con frialdad y es digno de vagabundo xD, pero creo que ya se cuándo y por qué sucedía. No era ni por que me olían mal los pies ni por que tuviera las uñas tan largas que fueran recogiendo el calcetín, no.
¿Recordáis las botas de goma? Esas botas que nos ponían nuestras madres cuando llovía, que ya te podías meter en un charco de 10 cm de profundidad que no te mojabas. Esas botas que llevan los que recolectan almejas, y no me refiero a Chus :P. Que esa es otra. En la cena de nochebuena me lo planteé. Qué muerto de hambre tenía que estar el primero que se comió una ostra, porque precisamente buena pinta no tienen. Poco después mi hermano me dio una posible solucción. El primero que probó una ostra, probablemente estaba recogiendo perlas, y al recoger una con la boca, le pegó un tarisco a la carne y dijo: "¡coño! -de ahí el posterior sobrenombre a la sonrisa vertical femenina, tantas veces referenciada como almeja-, si sabe bien".
Después de semejante derrape mental y 2 minutos con mirada en trance retomo el tema principal. Pues eran esas malditas botas las que con el roce y el movimiento me quitaban los calcetines, y por otro lado, me dejaban los talones en carne viva. A parte supongo que a mayor desgaste y ampliación del calcetín, mayor era la facilidad de descenso del mismo. Menos mal que gracias a la pijería y la edad del pavo correspondientes a nuestra adolescencia, rechacé rotundamente volver a ponerme esas botas, y asi salvar mis doloridos pies. Ahora sobrevivo con un par de zapatillas que yo llamo "raices". Es pisar un suelo mojado y sentir subir el agua por mis pies.
Y sin más referencias a mis "bries", os dejo con un clásico de los videos. Sí Jon, yo también voy a recurrir a Youtube :P.
